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martes, 1 de agosto de 2023

CAP 1 – VIII. LA ESPADA SOBRE NUESTRAS CABEZAS

Se despertó confundida, con la visión borrosa y la boca amarga. Los brazos le dolían por el peso de haber tenido la cabeza apoyada encima de ellos. Estaba sentada y apoyada sobre una mesa larga cubierta con un mantel de tela roja corriente. Si bien la silla se veía indudablemente cómoda, las piernas las sentía medianamente entumecidas por el tiempo en que se encontraba en esa posición. El pesado frio en los tobillos la alarmó, especialmente cuando trató de mover las piernas escuchando el sonido metálico de cadenas que se lo impedían. Frente a ella un hombre en la misma situación, recostado sobre sus brazos encima de la mesa. Miró la habitación en la que se encontraban, parecía un salón, cubierto por gruesas y extensas cortinas color gris oscuro que cubrían en mayor parte las paredes. En el techo un candelabro forjado colgaba con trece velas encendidas. La mesa se encontraba vacía, no había nada que pudiera ayudarla a escapar. No tenía idea de lo que sucedía o a que se debía que estuviera en ese lugar. Se estiró tratando de alcanzar a la persona que estaba frente a ella, pero estaba unos centímetros más lejos. Le gritó, sintiendo el dolor en su garganta como si le hubiese sido apretada con fuerza. Carraspeo tratando de aclarar la voz y volver a intentarlo. Levantó la voz con dificultad pues el dolor se hacía más intenso a mayor el esfuerzo. Golpeó la mesa para llamar su atención, jalando el mantel rojo, percatándose que la tela estaba húmeda. Tanto sus manos como sus brazos se encontraban manchadas de rojo, un rojo de la consistencia de la sangre. Nuevamente intento gritarle a la otra persona, con mayor insistencia.

Empezó a reaccionar.

Sacó la cabeza de entre sus brazos, mostrando las marcas en su piel enrojecida.

Lo reconoció, era Algier, su esposo.

Ilse, lo llamó por su nombre tratando de hacerlo reaccionar y ver si es que tenía idea de donde se encontraban.

Un espantoso sonido resonó en el lugar, como si arañasen una superficie algo afilado. Las velas se apagaron.

Ilse gritó el nombre de su esposo sin importarle el dolor lacerante que sentía en su garganta.

El sonido se detuvo y las velas se encendieron. Diez velas ahora alumbraban el lugar. Ilse y Algier se miraron fijamente con expresión de terror en sus rostros. Algier tenía una mordaza de metal en la boca con un pequeño candado a un lado de la cabeza, lo que le impedía hablar. Dos abrazaderas se extendían por su espalda hasta conectarse con una especie de chaleco de cuero duro. Dos cadenas descendían hasta el piso para conectarse con una base laminada, anclada en el suelo. Como si estuviesen sincronizados giraron la cabeza para ver a la persona que había aparecido en el extremo de la mesa más cercano a ellos. Otra persona en la misma situación, con la cabeza recostada sobre sus brazos, inconsciente.

Ilse, gritó amargamente pidiendo explicaciones a quienes estuviesen haciéndoles esto, pero no obtuvo respuesta. Maldecía repetidamente mientras se agachaba por debajo de la mesa para revisar las cadenas que apresaban sus lastimados tobillos. Sin embargo, la impresión de que algo parecía moverse en la oscuridad debajo de la mesa, la hizo volver a sentarse nuevamente para sentirse ingenuamente a salvo bajo la luz de las velas.

Algier, tanteaba con sus manos la mordaza que tenía puesta, sintiendo una placa metálica dentro de su boca. Le hacía señas a su esposa tratando de comunicarse, pero no se daba a comprender, hecho que lo frustraba aún más. Giró la cabeza a la derecha y se dio cuenta que las cortinas grises se habían separado en ese extremo, mostrando una pared morada tornasolada. En ella se encontraba colgado un gran cuadro en marco aparentemente de madera dorada, con un diseño de ondas entrecruzadas entre sí. La pintura era totalmente negra, sin embargo, daba la apariencia de que la oscuridad plasmada fluía como si se tratase de alguna especie de líquido espeso. Debajo del cuadro, un altar se mantenía sombrío y abandonado.

- ¡Algier! ¡Mira! – le gritó su esposa, volteando asustado a verla, quien le señalaba en dirección a la otra persona.

Patrick Jane, levantó la cabeza. Un dolor en la nuca le hizo llevarse una mano a esa zona para ejercerse ligeramente presión como si intentase darse un masaje, mientras trataba de estirar el cuerpo para liberar la tensión de los músculos. Cierta incomodidad le hizo darse cuenta que tenía una especie de cofia metálica encima. Esta se encontraba conectada a unas barras curvadas de metal que descendían por ambos lados hasta conectarse a una especie de anillo metalico que rodeaba su cuello. Una cadena y un cable se conectaban por detrás cayendo hasta el piso, perdiéndose en la oscuridad del lugar.

Algier e Ilse se miraron con expresión desencajada, pues no daban crédito a lo que veían. Y si su esposo no hubiera tenido esa mordaza bloqueándole la boca, hubiera expresado al unísono con su esposa la misma palabra. - ¿Hijo? -

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Patrick aún confundido miró al rededor, sintiendo la presión en su cuello. No podía dar crédito a quienes veía frente suyo. Apoyó ambas manos encima de la mesa con más fuerza de la que esperaba, poniéndose en pie de golpe sintiendo el tirón de la cadena que lo retenía desde su cuello - ¿Qué sucede aquí y que hacen ustedes aquí? – gritaba mientras se concentraba para conectar su mente con la de ellos, pero nada pasó, solo un peculiar zumbido en sus oídos. Extrañado, se tomó un momento para aclarar su mente y pensar en lo que sucedía. Un recuerdo violento golpeó su conciencia, una marea de garras y dientes rasgaban su carne. Recordó haber estado en una situación imposible de la forma más inverosímil, cayendo por un pozo hasta llegar a enfrentar un nefasto destino. - ¿Estoy muerto? – diciendo ello para sí mismo, en voz muy baja. Sin embargo, los ecos resonaron en el lugar preguntando lo mismo, pero las voces que escuchó replicantes no eran la suya sino la de los otros, de Keijo, de Naedrik, de Edmond y de muchas otras personas que no reconoció.

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- Hija, ¿qué es todo esto?, ¿por qué estamos aquí?, ¿por qué nos haces esto? – Naedrik volteó al escuchar gritar a Roeghard, mientras lágrimas negras surcaban las pálidas mejillas de Oghmara, cayendo sobre el rojo mantel que empezaba a motearse de manchas oscuras. Al otro extremo Delwrym se mantenía frente a un recién nacido.

Naedrik miraba angustiada sin comprender lo que sucedía, mientras la sangre le escurría por los brazos, la cual brotaba de los surcos abiertos en su carne, consecuencia de los ataques violentos que había sufrido en aquella caverna. Se cubrió el rostro con ambas manos como tratando de obligarse a despertar de esta pesadilla tan aterradora.

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Bajó sus manos ensangrentadas, sin comprender que hacía el detestable de su padre y su indefensa madre en el mismo sitio frente a él. Keijo no entendía lo que venía pasando, especialmente porque no reconoció a la mujer que se encontraba frente a ellos sujetando a su hermano, Denlon.

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Por encima del pequeño altar se abrió un agujero en el medio del gran cuadro, lanzando una gran cantidad de papeles, lienzos y bosquejos, sobrevolando por el salón, cayendo encima de la gran mesa. En ellos podían ver escenas de la vida de cada uno: la pira del sacrificio de Naedrik y la vaharada de niebla que los cubrió a todos; las alcantarillas abarrotadas de alimañas lanzándose para devorar a Patrick justo en el instante en que un banco de niebla se arremolinó para salvarle, la espada del verdugo que caía inexorablemente para ajusticiar a Keijo por haber asesinado a su medio hermano justo en el momento en que fue tragado por la bruma que exhaló el terreno donde se encontraba arrodillado, el circulo de guerreros asesinados y el preciso instante en que Edmond caía al vacío brumoso de un precipicio, el incendio en la gran ciudad, el rescarte de los infantes y todas las cosas que han venido sucediendo una vez reunidos. Es como si, todo lo que ha venido sucediendo hubiese sido orquestado por algo con algún propósito, conduciéndolos al lugar en donde están precisamente ahora.

El agujero se cerró cuya superficie aún parecía moverse, como si las fauces de una bestia se estuviesen relamiendo los colmillos al ingerir o expulsar algo. En la parte inferior derecha del cuadro se vislumbró a una joven en medio de un terrible incendio.

Un estridente ruido de llantos llenó el lugar, tan fuerte que los obligó a taparse los oídos. En el centro de la mesa tres bebes aparecieron, como si hubiesen brotado de entre los pliegues del mantel rojo. Lloraban inconsolables. Reconocieron a los pequeños que salvaron del albergue en llamas. Sus colorados rostros denotaban una agustiosa desesperación, sin asomo de consuelo ni calma.

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Una figura oscura se elevó del piso entre el gran cuadro y la mesa, mientras los goblyns se acercaban por ambos lados, habían tomado a los bebes, llevándoselos a la figura oscura, colocándolos de tal forma que daban la impresión de estar presentando una ofrenda en un altar profano. La oscura figura levantó un largo puñal de hoja senoidal con extraños símbolos que brillaba ligeramente por la luz de las velas.

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La expresión en su rostro congeló a Patrick, al reconocer a Gwoan era quien sujetaba la hoja y estaba a punto de realizar un acto tan abominable y perturbador. Mayor fue su sorpresa al reconocer que el niño que sujetaban se trataba de Gilen Bluntchard, el hijo recién nacido por el que fue inculpado de su desaparición. La mueca burlona en el rostro de Gwoan era perturbadora en extremo, fijando su mirada directamente a la de Patrick.

Bajó la mano que sujetaba el puñal sin contemplación, asestando un golpe tan potente que todos, en cualquier instancia en la que se encontrasen, sintieron el impacto.

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Todos gritaron con desesperada frustración al no poder hacer nada. Mayor fue su terror al sentir en sus manos un líquido caliente escurriendose entre sus dedos. Al bajar la mirada, su mano empuñaba el arma asesina mientras la sangre chorreante recorría la hoja. Al levantar la mirada se paralizaron al ver que eran ellos mismos quienes habían asestado el golpe, encontrándose en el lugar donde estaba inicialmente el victimario.

Mientras del otro lado, donde antes se encontraban sentados, se hallaba mirándolos maliciosamente el asesino, asintiendo una y otra vez con la cabeza, aplaudiendo en señal de aprobación lo que habían logrado.

Keijo había asestado el golpe a Denlon mientras la mujer lo miraba, así como Patrick a Gilen mientras Gweon le aplaudia y Naedrik a un niño que desconocía mientras Delwrym se carcajeaba. Los instintos de Naedrik le gritaban lo peor, pues al ver los rizados y rojizos cabellos solo le hicieron suponer que se trataba de su hermano no nato.

Los pequeños bultos enrollados se encontraban en la mesa, en silencio, con un semblante cadavérico, sobre un amplio y húmedo telar rojo.

Las luces nuevamente se apagaron por unos segundos, para volver a encenderse solo siete velas.

Los infantes habían desaparecido, asi como los goblyns y la figura oscura. De repente unos bultos cayeron del techo deteniéndose de golpe en el aíre por encima de las otras sillas. Cuerpos humanoides encapuchados colgaban del cuello, oscilantes, zarandeándose y pataleando desesperadamente buscando tierra firma para evitar se les escape la vida. Algunas cuerdas se rompieron, dejándolos caer violentamente contra el piso, levantándose ya aprisionados de alguna manera.

Las luces se volvieron a apagar, para volver a encenderse solo cuatro velas.

En la gran mesa rectangular, todos se encontraban sentados, Naedrik, Patrick, Keijo, Edmond, Marek y varios de los aún encapuchados, unos inconscientes sobre la mesa, otros aún tirados en el suelo.

Las luces se volvieron a apagar para solo volver a encenderse una vela.

Una mortecina luz iluminaba el salón, dando paso a la luz de un cielo nocturno que entraba por un inmenso tragaluz que había aparecido en el techo del salón, mientras el candelabro permanecía imperturbable, colgado en su centro. Las oscuras nubes se iban despejando para dar paso a una luna llena en todo su esplendor, en la cual, se parecía delinear un rostro siniestro. Lentamente la luna se iba haciendo más y más grande, como si la cosmología en este lugar se hubiese quebrado, dando la impresión que estuviese cayendo sobre ellos. La luna empezó a girar sobre su eje, sin control, tornándose en un borrón entre amarillo y rojo, que tras varios minutos de girar frenéticamente fue desacelerando, hasta detenerse en un el último giro, oscureciendose todo el cielo por una fracción de segundo como si algo hubiese parpadeado, parpadeado... Un gigantesco y grotesco ojo sanguinolento cubrió todo el cielo, cuya encendida pupila había tomado el lugar de la luna, cambiando de forma y tamaño en un iris tornasolado, como si estuviese aguzando la vista para poder verlos a todos.

La ultima vela se apagó, dejando todo en tinieblas y una voz escalofriante se dejó escuchar por todas partes:

- Estoy jalando sus hilos, retorciendo sus mentes y destrozando sus sueños… - 



/// FIN DEL CAPITULO 1 ///






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- ¡Ey!, mira, mira, mira. Parece que está abriendo los ojos. – la alegría en la voz de la mujer era notoria, casi al borde de las lágrimas. – Estábamos muy preocupados, pensábamos que no lo ibas a lograr. La gravedad de tus heridas era mortal, pero, gracias a Hala pudieron sanar. – se detuvo por unos segundos, sollozante, mientras secaba sus lágrimas.

Tu visión era brumosa, sin poder identificar exactamente quien se encontraba frente a ti, agradeciéndole a un presunto poder superior por tu milagrosa recuperación. Sin embargo, entre toda la confusión, tus últimos recuerdos aún golpeaban en tu cabeza, era terrible al verte caer por un hoyo oscuro hacia la nada, siendo arrastrado por un sinfín de garras inhumanas. Sacudes la cabeza, colocando la palma de tu mano izquierda en tu frente, como tratando de ayudar a despejar estas imágenes. Logras ver los vendajes que cubren tu cuerpo, nunca antes te viste de esta manera.

Lentamente tu visión va mejorando, llegando a distinguir a Daleska quien se encontraba sollozante a un lado de tu lecho. Y conforme te ibas esforzando, más y más podías ver a los demás que se encontraban cerca tuyo siendo atendidos.

Sin embargo, como si todo lo que habías vivido hasta el momento no se te había hecho lo suficientemente extraño y escalofriante, no esperabas que la siguiente sorpresa fuese tan rápida. La puerta del lugar se abrió abruptamente, azotándose con fuerza al cerrarse. – Lo lamento, continúen, continúen. – una voz suave se escuchaba disculpándose con los demás por el descuido. Unos pasos presurosos se acercaron a ustedes. No solo fue el hecho de escuchar su acentuada y exagerada voz casi musical, sino el hecho de verlo pararse delante de ti, como si se hubiese hecho manifiesto un espectro de ultratumba para reclamarte de vuelta al inframundo. Tomó a Daleska por los hombros – Que alegría que vuelvas con nosotros. Te abrazaría, pero creo que no sería el momento adecuado. – las lágrimas surcaron su blanca piel, mientras apartaba sus largos cabellos rubios de la cara para enjugar sus mejillas con un pañuelo turquesa de encaje.

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