HENZO SHURIDO
“Cuando la espada se levanta por orgullo, incluso la victoria sabe a derrota.”
I. UNA FRIA Y LARGA NOCHE
Abrió los ojos. La temperatura había descendido, despertándolo el frio repentino. Le era raro siendo que estaba comenzando el verano. Se puso en pie e instintivamente contempló el lugar como si supiese que encontraría algo. Keijo se encontraba acurrucado en un rincón, dormido, luchando contra el frio con esa vieja manta que utilizaba desde que lo encontró.
Un ruido lejano llamó su atención, el choque de metal contra metal. Recogió sus cosas, por precaución, una vieja costumbre difícil de dejar. Salió del refugió y fue en dirección del ruido, el cual se iba haciendo cada vez más fuerte e intenso. Una pelea, una gran pelea de espadas. El frondoso y verde camino en el bosque comenzó a llenarse de escarcha, tornándose blanco, dando paso al suave crujido de la nieve al pisarla, mientras una sutil neblina se arremolinaba alrededor suyo, abriéndose paso a un descampado blanco cubierto de nieve donde un grupo de soldados peleaban en mortal combate.
La nieve se teñía de rojo, mientras los soldados caídos trataban infructuosamente de reunir aquello que se escapa de sus cuerpos. Henzo incrédulo de lo que veían sus ojos, se lanzó inconscientemente para impedir remataran a uno de los caídos cercanos. Una figura vestida de negro se abalanzaba contra uno de los soldados en la nieve. Detuvo su espada cruzándola con la suya a escasos centímetros del moribundo. El rostro semi cubierto del atacante, dejaba entre ver una mirada fría e inexpresiva, que por unos segundos vaciló al ser tomado por sorpresa por este nuevo adversario. Y en lugar de continuar la pelea, retrocedió sin dejar de mirarlo, perdiéndose entre la niebla, al igual que sus camaradas, viendo terminada su labor.
Volteó hacia el soldado mirándolo desangrarse consecuencia de las puñaladas recibidas. En su rostro se veía la angustia que implicaba abandonar este mundo sin desearlo. Henzo se hincó de rodillas sobre la nieve, colocándose a su lado, acompañándolo en sus últimos momentos. Tomó algo de nieve, apretándolo con ambas manos para formar unos pequeños bloques, colocándolos en su boca, nariz, oídos y ojos. Elevó una plegaría para que sea recibido en el otro mundo y no se le permita regresar a este.
Al momento que se disponía a ponerse en pie, la gélida garra de la muerte lo sujetó de una mano, con tal fuerza que lo hizo estremecer. El cadáver lo había tomado por sorpresa y en su intento de levantarse, su rostro denotaba una expresión iracunda y sanguinolentamente babeante. Con voz de ultratumba le habló – Todo esto es tu culpa Henzo… tu orgullo nos condujo a esto y por ello deberás pagar… cargarás en carne propia con todas las muertes que tus decisiones hayan causado… –
Henzo se soltó, poniéndose rápidamente en pie para alejarse. Se quedó mirando el cuerpo inerte del soldado, con la nieve incólume que le había colocado en el rostro, sin señal alguna de haberse movido. - ¿Una alucinación? - Levantó la mano que le había tomado. En ella, sujetaba una hachimaki manchada en sangre. Extrañado la extendió con ambas manos, mientras que un viento helado soplaba fuerte levantando nieve alrededor suyo, para quedar consternado al descubrir que la banda de tela portaba una Hanashobu Morada pintada, el emblema de su antiguo y difunto Daymio.
II. LA CAIDA DEL SAMURAI
Henzo Shurido, nació en la villa costera de Roshiya, en la Isla Sur Oeste, en el archipiélago de Rokushima Táiyō, una tierra marcada por el cruento conflicto entre los Shujin, quienes buscan a toda costa tomar control total del dominio.
Desde joven fue formado bajo las estrictas doctrinas del Bushido, destacando su temple, habilidad marcial y lealtad. Su maestro y Señor, el Daymio Hirotaka, lo consideraba unos de sus más valiosos vasallos.
Henzo no solo era un guerrero formidable, sino también un líder respetado entre sus pares. Sin embargo, como muchos Samurais con gran potencial, su orgullo empezó a crecer más que su obediencia.
Durante una campaña clave entre clanes rivales, Henzo desobedeció una orden directa de su Señor. En lugar de reagruparse y tomar una posición defensiva, optó por avanzar para atacar las filas enemigas buscando una victoria decisiva. Si bien su avanzada tuvo éxito, resultó que esto había sido una trampa del enemigo para romper la formación de su ejército. La ausencia de su tropa fue aprovechada, dejando expuesto al Daymio, siendo asesinado durante una emboscada.
Humillado, deshonrado y cargando con la muerte de su Señor, Henzo fue destituido junto con su tropa, convirtiéndose en Ronin. De los doce guerreros que lo siguieron ese día, siete de ellos decidieron tomar el camino honorable del seppuku. Sus antiguos camaradas restantes, le dieron caza, al considerarlo culpable de su desgracia. Cuando estaban a punto de ejecutarlo, una tormenta de nieve sobrenatural se desató envolviéndolos a todos en una niebla blanca.
Gravemente herido, Henzo se vio en medio de un tupido bosque, cálido y desconocido. Había escuchado las historias de los navegantes que se aventuraban más allá del Warui Yume Kasumi (Las Nieblas de las Pesadillas) para desaparecer y nunca más ser vistos, pero nunca consideró poner a prueba dichos relatos.
Durante años, Henzo sobrevivió como un fantasma en la niebla, meditando, cazando y buscando redención en la soledad del exilio. Descubrió que se encontraba en el bosque de Blightwood, colindante con la ciudad de Levkarest, en las venenosas tierras de Borca. Y por azares del destino, salvó a un joven llamado Keijo, quien parecía tener un pasado familiar traumático. Sin embargo, conforme lo fue conociendo, se vio reflejado en él, en su ímpetu juvenil y su deseo de justicia. Lo acogió como discípulo, enseñándole técnicas ancestrales de combate y la filosofía samurái, así como los peligros de dejarse dominar por el orgullo.
Pero los ecos del pasado, no tardarían en resonar de vuelta.
III. UNA LUZ EN MEDIO DE LA TORMENTA
Unas huellas se vislumbraban a la distancia en la nieve, como hormigas en un gran lienzo caótico, dejadas por una figura tambaleante que a duras penas se lograba mantener en pie en medio de una tormenta que no daba señal de ceder. A cada paso la nieve parecía morderle las piernas y le robaba el aliento. El mundo lo envolvía en un caos blanco, donde el cielo y la tierra se confundían para dar paso a las fauces de una gigantesca bestia ancestral que lo esperaba impaciente. Las temibles montañas de Rokushima Taiyö se alzaban a la distancia, como anunciándole su destino.
Sin embargo, en su mente ardía un fuego cruel. – Todo esto es tu culpa Henzo… tu orgullo nos condujo a esto y por ello deberás pagar… - La voz de su camarada caído se repetía una y otra vez como un sutra maldito, lastimándolo con más fuerza que el inclemente clima. Henzo apretó los dientes, pero no había replica para aquellas palabras.
Las fuerzas lo abandonaron. Sus piernas finalmente cedieron cayendo sobre una cama de nieve, suave, casi acogedora. El frio dejó de doler. Era el descanso finalmente prometido, una caricia traicionera que solo lo conduciría a un letargo mortal e irreversible
- …cargarás en carne propia con todas las muertes que tus decisiones hayan causado… –
Apoyó su cabeza tratando de vislumbrar algo que a la distancia le llamó poderosamente la atención. Era la silueta de algo o alguien que parecía brillar en medio de toda esa tempestad.
Los ojos de Henzo se hicieron cada vez más y más pesados, hasta que la oscuridad lo envolvió.
+++
Henzo despertó con un jadeo ahogado. El calor lo golpeo de forma brusca e inesperada cubierto en mantas y recostado sobre un futón gastado pero cálido. Al tratar de incorporarse de golpe chocó torpemente contra el kotatsu, haciendo temblar la mesa baja. Largas y temblorosas sombras se proyectaban sobre las paredes, colándose por una de las paredes traslucidas que no parecía haber sido cubierta en su totalidad, mientras el viento seguía aullando fuera de los muros. Aquella bestia ancestral de su ensoñación parecía estarlo buscarlo.
Seguía vivo, pero aún no comprendía como. Estiró una mano temblorosa sobre el tatami, buscando algo con que pudiera defenderse. Solo fibras de paja y madera gastada.
La puerta shöji se deslizó con un suave susurro. En el umbral apareció una joven de unos catorce años, de rostro redondo y ojos atentos. Su expresión de desconfianza era notoria, pero al ver la confusión y desconcierto del Ronin se suavizó, acercándose para ayudarlo, pero se detuvo manteniendo cierta distancia.
- Tranquilo, ojisan - dijo con voz baja y cálida. – Esta bien, estás en casa.
Henzo, pensó haber escuchado mal, que sus oídos estaban más afectados de lo que esperaba, pero entonces un escalofrió recorrido su espalda, esa voz le traía de vuelta recuerdos de antaño.
- No me reconoces, ¿verdad? Soy Aiko, tu sobrina. Hija de Akari, tu hermana – Henzo sintió como una mano fría e invisible sujetaba su debilitado corazón.
Akari, su hermana pequeña. El recuerdo de su risa y determinación, así como su amable y dulce trato, le dio cierta luz de esperanza. La silueta brillante en el medio de la tormenta. Ese era el significado de su nombre, luz brillante. Intentó ponerse de pie, pero el cuerpo aún resentía el daño recibido. Aiko, dudó, pero se acercó más a él, arrodillándose junto al futón.
- Murió hace tres inviernos – continuó con mirada baja – Cólera. No hubo rezos ni ungüentos que la pudieran salvar.
Henzo cerró los ojos. Aquella mano fantasmal apretó con más fuerza clavándole las uñas, mientras resonaba en algún rincón de su mente las palabras de su camarada caído.
- Nos dejó solos, a mi Papá y a mí. – el viento golpeó fuerte las paredes de la casa – Un grupo de exploradores te encontró bajando la montaña. Apenas respirabas. Mi Padre estaba con ellos.
Henzo, la miró de reojo, sabía que eso no iba a ser bueno.
- Cuando te reconoció, quiso dejarte ahí para que mueras. Aún te culpa por toda la desgracia que cayó sobre el clan y nuestra familia. Decía que tu orgullo había arrastrado a Akari a un destino cruel, incluso años después de tu desaparición. - Era de esperarse. Masaru Takeda, era un buen hombre, trabajador, dedicado agricultor y hábil pescador. Su familia siempre estaba primero. Un hombre honorable. Sin embargo, los actos en batalla de Henzo fueron un duro golpe para todos, fluyendo cual cascada descontrolada, arrasando con todo a su paso. Y con la muerte de Akarí su resentimiento hacía Henzo debió haberse incrementado.
- Una vez en el pueblo le suplique para que te ayudara. Le dije que, aunque su odio fuese tan grande, dejarte morir sería deshonrar la memoria de Kaa-san. – se tomó unos segundos como tratando de controlar el llanto. – Mamá me hablaba de ti. Decía que eras su hermano protector. El que creía que el mundo podía cambiarse con una espada y un corazón templados en la fragua del camino del guerrero. – hizo una pausa tratando de calmarse y poder continuar.
- Otösan aceptó a regañadientes – levantó la mirada – pero puso condiciones. – Henzo asintió como si se tratasen de las ordenes de su antiguo Daymio. – Una vez estuvieses recuperado, deberías irte. Seguir tu camino. No traer desgracia nuevamente a este hogar. – sus ojos oscuros se clavaron en los ojos de Henzo – Yo acepté. Mientras estes aquí, yo me haré cargo de ti. Pero cuando ya estes mejor… deberás marcharte.
Henzo intento hablar, pero no pudo. Solo atinó a apoyar los codos sobre el futón, inclinándose ante Aiko, en señal de reverencia, pegando la frente en el tatami. – No merezco tu compasión. Ni la de tu Padre. Ni la de Akari.
Aiko, apoyo sus manos sobre la cabeza de Henzo. – Tal vez, pero en estas tierras, incluso los que no merecen compasión… encuentran una segunda oportunidad. Por alguna razón, esa expresión siempre le recordaba una espada de doble filo. El rugido del viento continuaba golpeando los muros. La bestia ancestral de su ensoñación parecía resentir haber perdido su presa, pero tendría otra oportunidad.
///Continuará???

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