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jueves, 11 de enero de 2024

CAP 3 – VI. UN ANTIGUO DESTINO OLVIDADO

Dio un sorbo a su bebida, dejándola por unos segundos a la altura de sus labios, como meditando algo. Bajó el tarro para colocarlo con delicadeza sobre la mesa, como tratando de no llamar la atención. La giró sobre su base mientras observaba al resto de la clientela dedicada a sus asuntos.

- Ya hice el contacto, nos esperaran en el cruce con la vía del Hechicero para dirigirnos a Hazlan lo más pronto posible. De ahí haremos el intercambio para continuar hacía el siguiente reino más al sur. Debemos darnos prisa pues hay señales de tormenta y conforme avance la noche se hará más intensa. – miró a los lados acomodando su capucha para que dificultar ser reconocido.

Edmond tomó el mapa donde se encontraba trazado su recorrido. El plan inicial había fracasado y debían escapar rápidamente antes que los agentes del conde los alcancen. Si bien tenían dudas respecto a los gitanos, no les quedaban muchas opciones que considerar.

Gunthaer alertó a los otros miembros del grupo, pero no obtuvo respuesta, lo que le hizo pensar que no lo habían logrado. Sin embargo, debían continuar con el plan. Al menos uno de ellos debía escapar para dar aviso de lo sucedido y poner a salvo el objeto.

Pagaron la cuenta y se arroparon bien para emprender su escape. El viento frio de la montaña arreciaba. Montaron los caballos y se dirigieron al punto de encuentro.

Un vardo vistani se veía estacionado al lado del camino cubierto levemente por la nieve. Un tipo delgado con un fino bigote y pañoleta en la cabeza se asomó al notarlos venir, dando a aviso a alguien más de su llegada.

- Darse prisa, la tormenta no da buena señal y debemos haber partido hace algo de tiempo. - Sus palabras parecían entre mezclarse con un tono que arrastraba las vocales. – ¡Vamos, vamos! –

Conforme se acercaron el vardo lo vieron algo descuidado. Amarraron los caballos junto al que jalaba el carromato para darle mayor celeridad. Entraron en el interior del vardo y se acomodaron para protegerse del frio. El interior no era mejor que su exterior, pues era lúgubre, muy distinto al colorido habitual. El delgado hombre se mantuvo junto con su compañero en el asiento del conductor para ayudarse durante el recorrido. Latigueó dos veces, los caballos relincharon y comenzaron andar.

El viento soplaba fuerte, sibilante, como augurándoles un viaje aciago. El camino parecía hacerse más complicado de transitar pues el vardo se zarandeaba de un lado al otro con fuerza, hasta que pasado varios minutos se detuvieron.

Gunthaer, le hizo una señal a Edmond instándolo a estar alerta mientras él se disponía a salir para averiguar lo que sucedía. Al salir, vio que los caballos parecían confundidos ante el fuerte viento mientras la nieve revoloteaba dificultando la visión.

Pasaron varios minutos, lo que inquietó a Edmond, motivándolo a salir al no recibir señal de su amigo. Empuñó su arma. La visión era difícil, pero a escasos metros se veía a dos hombres atacar violentamente a otro que yacía sobre la nieve, la cual que se iba tornando roja.

Entendió que habían sido emboscados y que los gitanos los habían engañado. Al verlos acercarse, en sus rostros una expresión maligna se dibujaba desfigurando su oscura piel. No eran Vistanis, al menos no los que normalmente conocía, sino parias, gitanos expulsados de su clan por ir en contra de sus costumbres y llevar a cabo terribles actos.

Sujetó su espada y se lanzó a combatirlos. Lamentablemente fue superado y herido de gravedad. Justo cuando se disponían a ultimarlo, un terrible quejido se escuchó en el viento, incrementándose y uniéndose otros más. De repente vio como de entre la nieve y la ventisca aparecieron varios cadáveres putrefactos lanzándose contra ellos.

Su visión se volvió borrosa, cayendo en una absoluta oscuridad, mientras escuchaba al viento aullar sumado con los gruñidos de los muertos.

- Miren, miren, lo que he encontrado. – escuchó una voz siniestra que parecía encontrarse cerca a él, mientras la muerte rondaba cerca masacrando a los parias.

Sintió unas manos hurgando entre sus ropas. Soltó una expresión de sorpresa como si hubiera encontrado algo. – Ya veo. Supongo que aún no es tiempo. – se hizo una pausa angustiosa para escuchar un susurro muy cerca de su oído – Olvida… -

…

Un grito tomó por sorpresa a Naedrik, Keijo y Patrick, viendo a Edmond también despertar sobresaltado. La palidez en su rostro denotaba otro terror nocturno.

Los vio a todos sentados en sus camastros y solo atinó a decirles – Debo matar a Strahd -

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miércoles, 10 de enero de 2024

CAP 3 - V. NEGOCIOS PELIGROSOS

Despertó sobresaltado en su habitación, la cual le habían ofrecido en la casa de invitados de los Ricci. Se encontraba tal cual como recordaba antes de haberse acostado. Un ruido llamó su atención y notó una sombra moverse en la oscuridad para ponerse delante suyo.

- No imaginé encontrarte en este lugar. No puedo dejarte solo por un momento sin que te metas en problemas, muchacho. – aquella voz rasposa y ese tono burlón era inconfundible.

Skypper “Skyp” Redthorne, el viejo Halfling que lo tomó bajo su tutela durante sus primeros años en las calles de Levkarest, alguien en quien aprendió a confiar sus alocados sueños de poder. Era líder de una pequeña banda llamada el Racimo, un grupo de bribones que se ganaban la vida con trabajos particulares, que otros grupos no aceptaban. Con el tiempo Marek decidió seguir su propio camino, separándose del grupo en buenos términos.

Encendió un fósforo para llevarlo su alargada y bien cuidada pipa de brezo, dándole unas caladas rápidas. La trémula luz iluminó por un instante su rostro, vislumbrando los golpes que le habían propinado.

Skyp le contó en breve que había estado siguiendo las actividades de los Ricci por algun tiempo, desde la pequeña maniobra que hicieron con las joyas "perdidas" durante los amoríos de Fiorentine, la hija de Vito; especialmente dado que su contratista, en ese entonces, tenía negocios pendientes que resolver con ellos. Como bien se sabía, muchas familias nobles mantenían muy de cerca a sus "competidores".

Los Ricci buscan tenazmente en convertirse formalmente en una institución bancaria, lo cual le generaría un ingreso mucho mayor a su patrimonio actual y elevando a su familia a un nuevo nivel. Era sabido que sus intereses se habían diversificados apuntando a varios negocios, pero a su vez, se rumoreaba que habían recurrido a uno de los negocios más peligrosos que existían, la guerra.

Con el tratado de las cuatro torres en vigencia, muchos de los dominios circundantes habían adoptado políticas de defensa constante contra las incursiones del sanguinario Vlad Drakov, lo que los había llevado a gestionar contratos con investigadores para que pudieran fortificar sus fronteras. El patriarca, Vito Ricci, vio la oportunidad de extender sus contactos más allá de Borca y establecer alianzas que le permitan afianzar su poder alejado del escrutinio de los Dislisnya. Por lo que a través de terceras personas había estado subvencionando agrupaciones que abiertamente hubieron causado desmanes en diferentes lugares del dominio. Sin embargo, ahora que estas agrupaciones parecieran haber adquirido demasiado poder, vieron por conveniente deslindarse de sus actividades y no dejar cabos sueltos que los relacionen, de tal manera que ahora apoyarían a los Gemelos para hacer frente a esta amenaza interna y ganarse su confianza.

Lamentablemente, durante su última incursión fueron traicionados y emboscados. Perdió contacto con Wreakon y Rowan no teniendo noticias suyas. Pero mayor era su temor al no saber nada de su joven pupilo Preevat.

De repente, el grito de una mujer interrumpió su conversación. Hicieron silencio tratando de dilucidar lo que sucedía. Un traqueteo se acercaba deteniéndose abruptamente, hubo una pausa y de repente la perilla de la puerta donde se encontraban empezó a moverse como si alguien intentase ingresar. Skyp había asegurado la puerta, como era su costumbre. Marek imaginó la expresión de sorpresa en el rostro de su amigo al ver como la puerta se abrió, dando paso a una silueta presurosa y agazapada, mientras cerraba la puerta con cuidado y ponía nuevamente el seguro. La mujer no se había percatado de las dos personas que ya habitaban en ese lugar.

Skypper la reconoció a pesar de la escaza luz. Nicoleta Boqcur, una joven media elfa, hermosa, protegida de Giovanni Ricci, quien encargaba de administrar los negocios de comercio fluviales para el transporte de grano proveniente de Falkovnia, para abastecer las bodegas de algunos nobles. Los rumores indican que era el interés amoroso de Giovanni, pero al parecer ella no correspondió a sus avances. La posición que ocupaba tenía cierta relevancia y la competencia, leal y desleal, la consideraban peligrosa no solo por el hecho de ser mujer sino porque estaba haciendo un trabajo que sumaba puntos a los Ricci. Cada trimestre Giovanni los reunía para revisar los libros, pero algo inesperado requirió su presencia con mayor anticipación, al parecer había llegado a los oídos de la familia que se estaban desviando recursos con otros fines.

Al parecer, se habían tomado medidas para que no llegase a salvo a dicha reunión para exponer su caso.

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CAP 3 – IV. ¿POR QUIEN CHOCAN LAS ESPADAS?

- Estos son más despojos que soldados. Es inútil continuar con ellos y especialmente en estas condiciones – la inquieta voz del encorvado ayudante se hizo escuchar por encima de los ruidos del lugar.

- ¿Pones en duda mis procedimientos? ¿mis métodos? – el delgado hombre en traje militar le respondió con cierta parsimonia, haciendo una pausa como esperando una respuesta que sabía no obtendría, pues sabía muy bien que su asistente cuestionaba todo. Los monótonos golpeteos metálicos parecían formar parte de la tortura.

- Sabe muy bien que es lo que piensa el Kingführer de estas cosas. Nos jugamos el cuello si alguno de sus hombres de confianza se enterase de este plan. Ni siquiera el Ministro consideró tomarlo como uno de sus proyectos, antes nos hubiera colgado de lo más alto de la torre radiante. Solo basta con que algún ambicioso soldado raso tome conocimiento de lo que hacemos aquí abajo. Podemos terminar en la celda más putrefacta de la prisión central, en la arena de los gladiadores o peor aún… - estremeciéndose con solo pensarlo - en sus “jardines” para su deleite. - su mirada furiosa luchó contra la expresión de terror que mostraba, sensación que comprendió muy bien, pues con el tiempo él había logrado disimularlo mejor.

Caminó con el paso firme de un soldado, asomándose por la pequeña ventana que daba hacia la sala de adoctrinamiento. - Solo necesitamos que uno de estos miserables lo logré y veremos los frutos de nuestro sacrificio. – apretando los puños que mantenía entrecruzados en su espalda. - Nuestro éxito está cerca. –

En el interior de la sala un grupo de jóvenes soldados se mantenían entrenando arduamente, bajo el ojo vigilante de un maestro exigente, intolerante al fracaso y cruento en su enseñanza. Uno de ellos cayó mientras realizaba una de las maniobras que practicaban al intentar evitar a uno de sus compañeros. Desde el suelo, veía a los demás detenerse alrededor suyo y adoptar posición firme, mientras una amenazante figura se acercó lentamente mirándolo desde lo alto. Una inexpresiva máscara blanca cubría su rostro, varias líneas rojas recorrían su superficie. El joven no fue lo suficientemente rápido, pues el maestro ya le había puesto el pie en su pecho, haciendo presión para que este no se levante. – La victoria no es lo que enseña, se aprende más con las derrotas y los errores. ¿Y qué es lo que no aceptamos en este lugar? – mirándolos a los demás soldados, respondiendo al unísono a la pregunta de su maestro – ¡LA DERROTA! –

- Que esto sirva de lección para todos. – les dijo a sus alumnos mientras levantaba la pierna del pecho del soldado para golpear fuertemente su estómago una y otra vez.

Keijo se mantuvo firme junto a sus demás compañeros, mientras el joven caído era aleccionado. Cuando la sangre comenzó a brotar por la boca de su compañero, Keijo cerró los ojos por unos segundos para no continuar viendo, especialmente sabiendo que fue su culpa por la que su compañero trastabillo y cayó.

...

Abrió los ojos para encontrarse sentado frente a Heinzu en la pequeña cabaña cerca al rio. Tomaba el té en ese momento, por un instante una gran rabia lo embargo, pero, así como llegó se fue. Intentó preguntarle algo, pero la inseguridad lo detuvo. Heinzu se percató y continuando con su ceremonia le dijo. – Si preguntas ahora, sentirás vergüenza tan solo un momento. Si no lo haces podrías sentir vergüenza toda la vida – colocando la tetera en el fuego.

Se armó de valor y articuló su inquietud de la mejor forma que pudo - Maestro, ¿Por qué combatimos? Me enseñas a combatir, pero siempre me hablas de paz. ¿Cómo es posible eso? – dejando la tasa a un lado e inclinándose levemente hacía adelante esperando su respuesta.

- Va a llegar el momento en que va a ser mejor ser un guerrero en un jardín, que ser un jardinero en una guerra. – tomó un sorbo de su té y dejo la tasa a un lado. Se puso de pie y continuó, pero el tono de su voz se tornó sombría. - Sin embargo, cuando hayas de golpear, hazlo de tal manera que tu enemigo no sea capaz de regresarte el golpe. – se giró, dándole la espalda, para mirar el bosque que los rodeaba.

Keijo, aún con el recuerdo del soldado caído y el sentimiento de culpa, replicó – ¿Y la piedad, Maestro? ¿No hay lugar para la misericordia? – un intenso dolor se manifestó en su estómago. La tetera comenzó a hervir, emitiendo un largo e incómodo pitido. El vapor se hizo más y más denso, cubriendo el lugar con una cálida bruma blanca. La voz de Heinzu se escuchó desde la niebla cuyo tono se había vuelto más agresivo y siniestro - La lluvia solo es un problema si no te quieres mojar – una cabeza se asomó entre la niebla, portando una máscara blanca con una mueca burlona, de su boca brotaban dos filas de colmillos y de su frente sobresalían dos cuernos de color rojo – Está en camino y viene por ti. - 

...

Keijo se puso rápidamente en pie adoptando posición defensiva. Estaba en desventaja pues no contaba con su equipo habitual, sin armas ni armadura, solo con prendas mínimas y unas cuantas vendas. Tan inexplicable era para él su situación, pues no comprendía como la vieja cabaña había vuelto a cambiar a un amplio salón a mitad de la noche. Naedrik y Patrick lo veían preocupados desde los camastros en los que se encontraban, aunque la expresión en sus rostros le resultaba más comprensiva que de reproche.

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CAP 3 – III. UN MENSAJE ENTRE LINEAS

Una joven parecía oculta entre las sombras, como buscando llamar su atención, saltando de repente a la pálida luz nocturna que parecía enfocarla, como si hubiese salido a un escenario. Elevó una pierna formando una especie de arco apoyando su pie a la altura de su otra rodilla, elevando los brazos para formar un circulo juntando en lo alto las puntas de sus dedos. Estiró rápidamente la pierna arqueada impulsándose hacía un lado, dando un grácil salto digno de un cervatillo, lo que dio inicio a una danza entre luz y oscuridad. Llevaba un traje cenizo ceñido al cuerpo, delineando su bien definida figura, elaborando una serie de movimientos que cautivaron su atención, dejando de lado toda la conversación que se desarrollaba a su alrededor, entre el grupo y la monja. Una leve punzada en la base de la nuca lo distrajo, mirando de vuelta a los demás que parecía no haberse dado cuenta de lo que sucedía delante suyo. Hizo un ademan intentando llamar su atención, pero no tuvo respuesta, hecho que no evitó que se pusiera en pie para dirigirse hacía aquella hipnótica figura danzante. La puerta se abrió dejando salir a la doncella, dibujando un rastro oscuro a cada paso que daba. Él la siguió.

Nuevamente otra punzada en su nuca. Cierta inquietud empezó a deambular en su cabeza, empujando sus ideas tratando con dificultad de ocupar un mayor espacio racional conforme seguía a la doncella, pero no fue suficiente. Lo condujo hacia la Mansión Cooper.

Atravesó el marchito y espinado jardín, llamando su atención la derruida imagen de Ezra, podría jurar que por una fracción de segundo pareció moverse para mirarlo. Cruzó la entrada y se tomó unos segundos en el vestíbulo pensando en la razón por la que lo habría traído hasta aquí. La joven dio un salto sobrenatural atravesando el vestíbulo para entrar en la biblioteca. Lo guiaba a algun lado. Patrick se detuvo en la entrada contemplando el desorden de libros por todas partes.

Un ruido llamó su atención, dirigiendo la mirada hacía el escritorio, algo parecía moverse detrás, como si se estuviese intentando esconder. De unas zancadas se dirigió a ese espacio, no encontrando a nadie. Cuando se disponía alejarse, la silla se movió sola pegándose a la pared y unos brazos pálidos salieron debajo del escritorio extendiéndole un delgado libro de lomo dorado.

Se apoyó sobre el libro y mirando debajo del escritorio la figura de Gwoan se desvaneció. El título del delgado libro era Aerthum El Hombre de Campo de Briers Amber.

- “Narraba la historia de Aerthum un pastor de ovejas que todos los días llevaba a su rebaño a pastar por la campiña, a tomar agua del riachuelo que provenía de las colinas. Daba gracias a Zukala Koth por la buena ventura que le otorgaba, postrándose en su gruta altar. Todos los días tocaba una dulce melodía con su flauta de caña para deleitar a su dios y apaciguar al rebaño. Un día llegaron las lluvias y como si se tratase a de un castigo divino, los ríos se rebalsaron, inundando las tierras y arrasando con todo a su paso.

Aerthum corrió hacía la gruta altar de Zukala Koth para rogar por su ayuda. La lluvia se detuvo, los cielos se abrieron y los ríos se retiraron a sus cauces. Con la llegada del sol, Aerthum salió con su rebaño a pastar como todos los días, pero en el camino contempló la destrucción que las lluvias habían causado. 

En su mente no cabía el concepto de la muerte, sumergiéndolo en un profundo pesar, descuidando a su rebaño. Pasaron los días y se sumergió más y más en su oscuridad, hasta que delante de él apareció una cálida y potente luz. Una doncella apareció frente a él extendiéndole la mano transmitiéndole calidez a su corazón. En su rostro llevaba una máscara blanca con una expresión partida de alegría y tristeza congelada. Cuestionó su alejamiento de Zukala Koth más no se lo recriminó, instándolo a ponerse de pie y seguir adelante. Pero la duda ya se había echado raíces en su corazón y no comprendía por que debía adorar a alguien que permitía tanto dolor. La doncella se le apareció en repetidas ocasiones, buscando consolar su dolor de muchas formas, pero al final se alejó al ver que ya no había esperanza, dando paso a que las voces demoniacas susurrasen en su mente.

En recorridos si rumbo, Aerthum encontró a un anciano en una derruida cabaña que necesitaba ayuda, consecuencia de los desastres que azotaban las tierras, en su conversación le explicó que la pérdida de su Fe era la causante de todo este mal. La doncella fue enviada por Zukala Koth, para poner a prueba su determinación como creyente. Él lo sabía pues lo mismo le sucedió y falló, al perder a su familia siendo su fe puesta prueba a través de la doncella dorada.

Ahora se habían encontrado y debía tomar su lugar para esperar a su sucesor y ponerlo a prueba por última vez para saber si podría continuar o no con su camino. Las voces en la cabeza de Aerthum lo confundían, indicándole que el anciano solo quería engañarlo y matarlo, incitándolo a tomar la iniciativa. Aerthum cedió a las voces y se dejó llevar, cegado por la ira mató al anciano lanzando su cuerpo al rio. A la distancia vio a su rebaño alejarse y en el centro la doncella resplandecía mirándolo con su gélida expresión ambivalente de siempre. Aerthum con cierta excitación se dispuso a darle el alcance para darse cuenta que algo lo retenía, impidiéndole alejarse de la ruinosa cabaña. Había fallado.”-

Un extraño símbolo estaba dibujado al final del libro. Una risita como de ratón llamó su atención, viendo a la doncella bailarina asomada por la puerta que conducía al vestíbulo. No estaba muy seguro de querer seguirla, pero algo le decía que no lo hiciera. De repente algo lo sujeto de los tobillos, unos pálidos brazos como de adolescentes, jalándolo debajo del escritorio donde antes había visto a Gweon.

El sobresalto lo levanto del camastro, encontrándose en el Hospicio de la Mano Misericorde. Naedrik conversaba con una de las brujas o monjas, o como quisieran llamarse. Ellas voltearon a verlo, preguntándole si se sentía bien. Él hizo ademán de que todo estaba bien y que no debían preocuparse.

Revisando su lecho, vio una silla a su derecha, bastante cerca, descubriendo dos libros uno encima de otro, uno con lomo dorado, el cual reconoció rápidamente, debajo otro con lomo azul y al final, pasando desapercibido una pequeña libreta de cuero marrón.

Quellandra, le comentó a Patrick que esos libros los había dejado un delgado joven demacrado que durante el tiempo que estuvo en recuperación, se sentaba al lado de su cama y se los leía.

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CAP 3 – II. MISERICORDIA

Abrió los ojos, contemplando la oscuridad que le cubría, mientras un aleteo lejano se iba desvaneciendo en una cacofonía de graznidos, dando paso a múltiples gritos de terror. Su visión se fue adaptando a la mortecina luz del lugar, la cual se filtraba por los ventanales a medio cubrir, mientras el viento revoloteaba las cortinas conjurando entes fantasmagóricos en el subconsciente. Se sentó en el camastro recogiendo sus mangas, revisó sus brazos, hurgó en su pecho y sus piernas bajo las mantas, buscando las marcas dejadas por las afiladas garras y dientes. Sus heridas habían sido atendidas y sanadas. Sin embargo, la reminiscencia del dolor aún le escocia en la piel como un inconsciente recuerdo de su cercano encuentro con la muerte.

Si bien su cuerpo pareció haber sanado, su cabeza era otra historia, pues en su mente muchos recuerdos se mezclaban como en un torbellino de vidas pasadas y ajenas. Sin embargo, los violentos recuerdos de su fatídico encuentro bajo la capilla de Hala fueron ganando terreno. Atrás quedó el opresivo y deplorable entorno de Sithicus, las carbonizadas estructuras de la espeluznante Fortaleza Nedragaard, su siniestro y escalofriante gobernante, así como sus terribles esbirros y sus deprimentes habitantes. ¿Qué fue lo que había pasado? ¿Todo había sido un sueño o mejor dicho una terrible pesadilla?

Los sonidos de unos pasos le trajeron de vuelto a su sitio, contemplando a una delgada y pálida mujer vestida de blanco que sujetaba una porta velas en una mano y con la otra trataba de proteger la llama evitando que esta se apague inadvertidamente.

Las sombras que se formaron distorsionaron su aspecto de formas grotescas, pero conforme se acercó sus facciones se fueron afinando permitiéndole identificar, con cierto alivio, a la Hermana Quellandra, recordando que ella fue quien los estuvo atendiendo en su momento más vulnerable.

- ¿Están ustedes bien? - les preguntó la débil y algo melosa voz, tratando de disimular la emoción que sentía de verlos reaccionar. – ¿Necesitan que los ayuden con algo? Le voy a dar aviso a la Hermana Larshela, me indicó le avise en cuanto recobrasen el conocimiento. -

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CAP 3 – I. LAS RAICES DEL MAL

Las nieblas de invierno descendían sobre la tierra cubriendo el bosque enfermo, lo que ponía en alerta a todos pues las incursiones de las criaturas se incrementaban aprovechando las circunstancias. El viento arrastraba una melodía melancólica sumiendo todo en un ambiente aciago, presionando tanto los corazones, como sus gargantas, como presagiando un funeral.

Naedrik colocó un bloque de madera sobre otro, sumando una cuarta torre en su nuevo intento de levantar un castillo tan imponente como los de las tierras altas, aunque sea pequeño. Levantó la mirada por encima de su rustica maqueta, viendo a sus padres conversar con cierta preocupación. Oghmara vio de reojo a su pequeña, percatándose que los veía. Tomó a su esposo por las manos con la intensión de transmitirle tranquilidad mientras le señalaba con la mirada a su hija.

Ya antes los había escuchado discutir, pero la situación no parecía mejorar con el tiempo. Las sangrientas incursiones eran cada vez más frecuentes y el avance de la plaga se esparcía. Un grupo de sus soldados había avistado la aparición de aquella elusiva aberración que había cobrado varias vidas, pero la frustración en el rostro de Roeghard era obvia. Buscaban la forma de tomar medidas para hacer frente a las constantes amenazas y las cuevas en las montañas no los mantendrían a salvo por mucho tiempo.

Eso sin contar las reiteradas luchas internas encabezadas por Delwrym.

Su Madre era de la idea de hacerles frente directamente y erradicarlos, pero su Padre pretendía continuar con la búsqueda de los Ancestros. Aunque si bien, era el interés de los clanes lograr un equilibrio en la tierra, los medios distaban ampliamente de conseguirlo.

Oghmara se acercó donde ella le tomó de su mano, llevándola a su vientre. La cicatriz en su brazo izquierdo le ardía levemente. Lágrimas negras surcaron su rostro mientras continuaba sujetando firmemente su mano, presionándola a su vientre. Un frio comenzó a recorrer sus dedos, saltando a su mano, luego a su antebrazo, que para su sorpresa parecía estar siendo engullido en el cuerpo de su madre.

La expresión de pena en su rostro cambió drásticamente, distorsionando sus facciones grotescamente. Su boca se abrió ampliamente, dando paso a un oscuro foso, pestilente e insondable, con la intención de tragársela. Era una de ellos, los goblyns habían invadido el lugar, tomado el control de ellos, eran las mismas criaturas que los habían atacado bajo la capilla de los seguidores de Hala, pero que hacían tan lejos, que hacían en estas tierras. El poder de Delwrym era tal que ¿ahora era capaz de controlarlos?, ¿los había enviado para terminar lo que ella no pudo?

Naedrik forcejeó con la criatura mientras del interior de sus fauces algo estaba saliendo entre el crujir de huesos y el desagarro de carne, un conjunto de ramas secas ennegrecidas crecía, unidas a dos delgados troncos, como si se tratasen de dos brazos marchitos con garras alargadas.

Estiró ambos brazos tomándola por el cuello, enredándola entre ramas y enredaderas que brotaron de varias partes. Naedrik, dio un fuerte y extenso grito, que fue apagado al ser enterrada entre montones de ramas y plantas.

De repente un poderoso rugido resonó. Un imponente oso pardo se levantó entre las ramas y enredaderas, arrancándolas con sus poderosas garras. Se abalanzó contra los goblyns destrozándolos sin contemplación. Sin embargo, seguían avanzando contra ella sin detenerse.

La cueva retumbó, haciendo saltar a todos los goblyns, los cuales salieron corriendo espantados.

La cicatriz en su brazo izquierdo comenzó a quemarle intensamente. La abominación con la que se enfrentó hace algunos años hizo su aparición delante de ella.

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domingo, 31 de diciembre de 2023

CAP 2 – V. CUANDO LAS ROSAS NEGRAS FLORECEN

Marek, cayó de rodillas en el ennegrecido, frio y rocoso piso del salón. Extendió los brazos de par en par. - Maestro has despertado por fin. Estamos aquí para servirte. – inclinando la cabeza en señal de sumisión.

- No me cabe duda sirviente, pero, aun así, no han justificado esta insolencia. Hablen ahora o perezcan sin más para formar parte de mis huestes. – su voz resonó en todas direcciones para clavarse directamente en su cabeza como promesa de un castigo por venir.

- Maestro, es un desperdicio para el mundo que alguien de su magnificencia este contenido en sus propios sueños y pesadillas.  El destino de un ser tan poderoso como usted es gobernar estas tierras, aquellas más allá del horizonte incluso aquellas más allá de las brumas. Usted debe gobernar a todas las razas, y no solo a esas patéticas criaturas llamadas elfos. Déjenos ser sus heraldos, proclamaremos en todos los reinos que Lord Soth de Sithicus ha despertado, oh pueblos sírvanle o sufrirán su ira. – gotas frías de sudor surcaron la frente Marek, mientras esperaba que su albur funcione.

Soth, los observó por unos segundos, mientras los demás se hincaron servilmente imitando a Marek. Sus fulgurantes ojos naranja se entrecerraron analizando la situación. – Este lugar no merece mi atención, pues mi permanecía aquí es una afrenta a mi destino. Por mí, este lugar puede irse al mismo averno con todo y sus habitantes, pero hay cuestiones más urgentes que requieren mi atención en este momento. – elevó su enguantada mano en una señal que reconocieron de inmediato, envuelto en llamas y dispuesto a chasquear una vez más los dedos. El calor se hizo notorio en el lugar y en la piel de todos.

- Tráiganme a Kitiara y veremos realmente si son tan capaces como hasta ahora. – el fuego en su mano se extinguió, dejando entrever unos hilillos de humo esfumarse entre sus dedos. – ¡Escudero! – retumbó el salón con la voz de caballero oscuro – ve con ellos y asegúrate que mis ordenes se vean cumplidas. –

De entre las sombras se vio aparecer al pequeño y salvaje enano con el que se habían enfrentado en un principio al llegar a estas tierras. El extraño licántropo enano-tejón, con furibunda mirada los repasó a cada uno, gruñéndoles, mostrando sus ennegrecidos colmillos. Era obvio que no se encontraba muy contento con la idea de tener que ayudarlos, especialmente sabiendo que tenían cuentas pendientes entre ellos.

El enano se acercó hacía la escalinata que conducía al trono de Soth, para hurgar entre los restos de algo (o alguien) que pareció haber sido quemado hacía algún tiempo. Un medallón cuya forma aparentaba tener la forma de una flor, una rosa, que colgaba de una cadena ennegrecida. Los restos de bastón de madera cuyo extremo se bifurcaba en forma de una V, sobresalía de entre esos restos.

Azrael, tal como decía llamarse el enano, ordenó dirigirse a Har-Thelen para buscar a los elfos que ellos habían ayudado anteriormente. Al parecer, habían comenzado a recobrar la memoria y podrían ponerlos en camino a la dama azul.

Con el despertar de Soth, la destrucción en Sithicus se había detenido, los temblores de tierra habían cesado y las grietas comenzaron a cerrarse.

Al llegar a la ciudad, sus habitantes estaban menos desorientados, pero al verlos llegar su xenofobia permanecía inamovible, mostrándose evidentemente incómodos con su presencia, que de no ser por la presencia de Azrael, el escudero de Soth, los hubieran sacado de la ciudad a empujones.

En su recorrido una mujer se acercó al grupo y con notoria renuencia se dirigió a Marek, quien la reconoció como Hethanna, la Elfa a la que salvaron de Azrael y sus esbirros.

Con cierta torpeza, le acercó un paquete envuelto en una tela sucia y mal oliente, que sin esperar más tiempo para que lo tome, se lo aventó prácticamente a sus manos, para alejarse rápidamente y evitar las miradas juiciosas de sus pares.

Marek logró tomar con agilidad el paquete evitando que este cayera. Percibieron la mirada de todos los que se había percatado de la maniobra que había realizado. Sin mayor consecuencia, guardó el pequeño paquete alejándose de la vista inoportuna, siendo seguido por los demás para descubrir el contenido del misterioso obsequio. Un rugido los despabiló a todos, al momento que Azrael gritó - A correr duendes. A continuar con sus patéticas vidas en otra parte –

Marek abrió el paquete, más con temor que con cautela, para encontrar una pequeña caja de madera con diseños elfos. En su interior una mata de pelos negros acunaba unos largos y sucios piezas largas de aparentes cuarzos blancos.

Una vez a buen recaudo, revisaron con mayor detalle el contenido de la caja. Naedrik pudo determinar que los restos correspondían a un animal del bosque, un lobo, pero que por sus proporciones pareciera ser un animal bastante grande. Al sacarlo de la caja las piezas se encontraban unidas por un delgado y ligeramente flexible hilo, pero que al tacto se sentía raro. Pareciese ser una especie de collar tribal. Según las viejas costumbres, el adquirir partes de estos animales confería al usuario ciertas habilidades afines a la criatura.

Patrick, revisó también la baratija, descubriendo que entre las piezas se observan antiguas runas, fácilmente confundibles con la suciedad que las cubría, pero no estaba muy seguro de comprenderlas. El objeto en sí contaba con propiedades mágicas, dado que desprendía una tenue aura de magia transmutadora.

Azrael, recogió la tela con la que estuvo envuelta la caja, revisándola, extendiéndola con ambas manos, mirándola por detrás, delante y a contra luz, olfateándola y finalmente lamiéndola. Le tomó unos segundos y apretando el puño, estranguló la tela en su interior. - Esos restos pertenecen a los lobos que viven en los bosques en las cercanías de Kendralind. De donde ya antes habíamos tenido noticias de avistamientos de la dama azul. –

Keijo, se acercó a ellos con la caja en la mano, la cual habían dejado de lado para centrarse en la bagatela de restos de animal. - Esto tal vez sea importante, miren el interior de la caja. - señalando el fondo negro y sucio, que con mayor atención pudieron ver que el fondo negro y endurecido describía la figura en bajo relieve de lo que pudo ser un medallón en forma de flor, de una rosa.

Azrael, buscó entre sus cosas, sacando el medallón que había recogido en el salón del trono, contando que se trataban de los restos de un Kender que su Señor castigó por no cumplir su labor cabalmente. El objeto encajó con la moldura. El Enano continuó contándoles, muy divertido, que este Kender buscó el objeto del deseo del Amo, pero intentó sacar provecho de ello, sin asegurarse que su moneda de cambio no estaba completa. A este medallón le falta la gema central, un zafiro que según contaba la historia contenía el espíritu de Kitiara. Por esa razón, sus cenizas decoraron el salón del trono.

Sin embargo, ahora tenían una pista certera de que la joya se encontraba en los alrededores de esa apestosa villa.

Azrael, dio un grito de emoción, más tétrico que alegre. - Vamos a Kendralind, de inmediato -

El camino a Kendralind fue tranquilo, sin mayor complicación, lo cual les permitió contemplar el cambio notorio en el panorama y los efectos causados por la ausencia de Soth, que, si bien la naturaleza del dominio es de por sí lúgubre y deprimente, la devastación en el reino fue terrible.

Kendralind, era una pequeña villa de quizás no más de una docena de hogares Kender, los cuales en mejores tiempos estuvieron rodeados por huertos y árboles frutales. Las covachas construidas entre los árboles, ahora yacían derruidas, así como los puentes, escaleras, sogas y plataformas se caían en pedazos de podridas. Los que alguna vez fueron vivaces jardines y trabajados huertos, ahora se encontraban abandonados y cubiertos por la mala hierba. A eso, se sumaban las grietas que se abrieron en el suelo, lo que había tumbado varios árboles donde se ubicaban, tragándose varias de las covachas. Si bien ahora, las grietas se venían cerrando, habían dejado cicatrices significativas en el terreno.

- ¿Qué es lo que desea el Amo de nosotros sus siervos? - una voz seseante se deja escuchar como si fuese el mismo viento el que estuviese hablando arrastrando las hojas. Una criatura pequeña, delgada pero esbelta apareció hincada delante de ellos como si hubiese brotado de la tierra. Su piel era de tonalidad grisácea y sus ropas eran de cuero de piel de animal. El cabello en su cabeza era negro y largo, amarrado terminando en una cola de caballo. Su mano derecha se apoyaba sobre la tierra, mostrando unas garras oscuras y la mano derecha se extendía sujetando una especie de báculo cuyo extremo superior se bifurcaba en dos, de cuyos extremos colgaba una especie de cinta ondulante en cuyo centro un pedazo de cuero viejo los unía.

Azrael interrogó a la pequeña criatura, preguntándole acerca del paradero de la joya y los lobos. Manteniendo la vista en dirección al piso aún sin darles cara, el Kender respondió que desconocía el paradero de aquellas cosas que buscaban.

Algo llamó la atención de los demás pues mientras el Enano y el Kender conversaban, se dieron cuenta que, en los alrededores, entre los escombros y los árboles, se movían y asomaban otros Kender que intentaban curiosear para saber lo que pasaba. Durante ese tiempo, tanto Keijo, como Marek y Naedrik se percataron de unos cajones alargados y rotos, que sobresalían de entre las grietas abiertas en la tierra. Patrick al percatarse de esto atinó a decir, por la forma, interior y disposición que tenían, se trataban de ataúdes abiertos.

El Kender aún en reverencia, le preguntó al Enano, por alguien llamada Tickelmop, a lo que Azrael soltó una carcajada socarrona. El Kender cerró lentamente la mano que apoyaba en la tierra, denotando que perdía la paciencia. Los otros se mantenían expectantes.

- ¿El Amo ha puesto fin a su labor? – la voz seseante parecía luchar por contener su amargura – ¿Tickelmop ha muerto? – la mano que sujetaba el raro báculo, apretaba con más fuerza. A lo que Azrael respondió – Digamos que tu querida Tickelmop va a estar fuera de servicio por un largo tiempo – soltando otra risotada burlona.

El Kender finalmente levantó su cara, mostrando sus terribles y feroces facciones, ojos en blanco, tez pálida y colmillos extendidos, lanzándose contra el Enano. A un solo grito todos los Kenders desataron su furia contra el escudero de Soth.

El grupo adoptó posición defensiva, espalda contra espalda, para cubrir los flancos, viendo como de varias partes se lanzan las pequeñas criaturas contra Azrael. Desenvainaron sus armas a la espera de un inminente ataque, pero al parecer se habían ensañado contra el enano.

Marek, de repente sintió que algo se deslizó entre sus piernas, obligándolo a romper la formación realizando un grácil movimiento para blandir su estoque, pero se detuvo casi al mismo instante al contemplar que se trataba de Hethanna, quien los había seguido sin ser notada.

Les hizo señas para que la siguieran y salió corriendo en dirección al bosque.

Aprovechando que Azrael estaba envuelto en un problema mayor, no perdieron el tiempo y decidieron seguirla. La elfa era muy ágil, más de lo que pareció la última vez que estuvieron en la misma situación, según recordaba Marek. Parecía estar un paso más adelante de ellos, pero cuando estaban a punto de alcanzarla parecía haber alejarse inexplicablemente. La persecución los condujo a un claro donde una elevación de rocas negras se extendía hacía lo que parecía ser una montaña. Hethanna se encontraba de pie señalando la entrada de una caverna.

Grandes rocas se encontraban rodeando la entrada, como si se hubiesen desprendido de la montaña por los fuertes temblores. La Elfa levantó sus sucias manos en señal presurosa para que se acerquen, ingresando al interior sin esperarlos más tiempo.

Conforme se acercaron manchas oscuras decoraban la entrada, así como uno que otro resto humanoide explicaba el porqué de las señales de lucha. El hedor a muerte los recibió con un golpe directo al estómago. Marek y Keijo encendieron las antorchas y tras unos minutos de caminar, el ambiente cambió a cálido y húmedo.

En el interior encontraron varios montículos con restos humanoides y objetos que emitían uno que otro destello casi obsceno ante los ojos avariciosos de cualquier aventurero. Marek y Patrick cubriendo los flancos, ubicándose rápidamente para revisar la existencia de algo que pudiera ayudarlos en caso sea requerido. Naedrik, Keijo y Edmond vigilaban expectantes a lo que sea se avecine.

Algo llamó la atención de Marek, al ver que Hethanna se había escabullido dentro de un gran montículo, mirándolo desde el interior. Le hizo una seña para que se acercase y se ocultó nuevamente para evitar ser vista. Marek extrañado pensó que le quería mostrar algo, a lo que la invitó a salir de ese lugar acercándose con la antorcha para alumbrar mejor el espacio. Tal fue su sorpresa que no pudo contener un leve grito ahogado por su propia mano al cubrirse la boca por el susto, al descubrir los restos a medio comer de Hethanna con una expresión de terror en el rostro que lo distorsionaba de forma muy grotesca. Al parecer estaba muerta desde hace bastante tiempo. Del interior de su boca sobresalía un trozo de cadena que se le hizo familiar.

Aquel grito había atraído la atención de algo más, algo que se comenzó a moverse en la oscuridad confiado y cuya respiración comenzó a escucharse casi a propósito como intentando de instar el miedo en el corazón de los invasores.

Unos grandes ojos brillantes se reflejaron por las antorchas, dando paso a una gran garra negra. Ante ellos un inmenso lobo negro se hizo presente dispuesto a demostrar quién era el dueño del lugar.

La lucha fue terrible, cobrando sangre por sangre, pero al final el grupo pudo imponerse a la feroz abominación.

El espeluznante espectro de la elfa se posó encima del cadáver de la bestia y como si intentase hacer una mueca siniestra comenzó a señalar con la cabeza hacía abajo, en dirección al lobo…

…al interior del lobo.

Sin mayor demora se lanzaron a trozarlo sin contemplación, hurgando entre sangre, viseras y tripas. En su interior encontraron aquello que Soth buscaba con tanta ansia, un zafiro con forma de un capullo de rosa, el cual parecía tener una pequeña grieta en el centro.

Recogieron todos los objetos que pudieron y los guardaron en tres cofres que arrastraron con lo que les quedaba de fuerza hasta fuera de la caverna. Una vez ahí el cielo ya se había tornado oscuro y Soth se encontraba frente a ellos.

- Las cosas que encontraron dentro pueden quedárselas, pero lo que es mío, deben entregármelo de inmediato – ante la notoria orden amenazadora su voz trataba de disimular un atisbo de emoción de un corazón muerto.

Por un breve instante todos dudaron lo que debían hacer, pues, fuese cual fuese el resultado traería consigo una oscuridad mayor más allá de su comprensión. Con un suspiro de resignación y cansancio, tomaron sus armas una vez más.

- Que así sea – las palabras de Soth hicieron que un escalofrío recorriese el cuerpo de todos ellos.

En el preciso instante en que se disponían a lanzarse en combate, entre Soth y ellos apareció el zafiro flotando en el aire, cuya grieta empezó a extenderse más y más, emanando un intenso destello azul que se extendió velozmente como una onda, oyéndose una poderosa explosión como si cientos de cristales estallaran a la vez, quedando deslumbrados por unos segundos. Del suelo brotaron densos rosales rojos frente a sus ojos, rodeándolos. En el centro de ellos la dama azul, Kitiara, se había hecho presente.

- Gran Señora de Dragones – dijo Soth con una voz casi como un susurro. – Acercate, ven a mi lado y ocupa el lugar que te corresponde, Kitiara –

La mujer de rizado cabello negro, era exactamente igual como la recordaban en las ilusiones de los espejos. De una belleza particular y porte marcial, vestida en una elaborada armadura azul de piel de dragón. Sin embargo, su mirada parecía distinta, como si fuese más fría y calculadora.

Miró ambos bandos y lentamente dio sus primeros pasos en dirección al Caballero Oscuro.

- Sí. Gran Señora Uth Matar. – dijo Soth – Eres mía… para siempre –

Al escuchar esto Kitiara se detuvo. La furia se hizo presente en su rostro como si de repente le hubiese venido a la cabeza algún conocimiento olvidado. – ¿Tuya? ¡Me abandonaste hace siglos! Ningún hombre me ha reclamado como su propiedad. Yo seré quien elija y jamás escogería a un traicionero trozo de carne carbonizada como tú. – tomó aire y recuperó la compostura. – La gema esta rota y ahora soy libre, algo que jamás podrás ser. – Volteó a ver al grupo y esbozó una ligera sonrisa torcida, asintiendo con la cabeza en señal de agradecimiento.

Un zumbido intenso se comenzó a escuchar como en preludio a una inminente desgracia. Soth desenvainó su espada y se lanzó hacía el grupo.

Kitiara volteó a verlo y profirió un potente grito. Las rosas rojas que los rodeaban se tornaron inmediatamente negras desprendiendo sus pétalos al aire, los cuales se convierten en cientos de cuervos que comenzaron a revolotear cual enjambre, envolviéndolo a Soth, graznando sin cesar como recordándole sus pecados.

De la caverna vieron salir volando a Shadow, el grajo mascota de Maga la errante, graznando – A través del Señor Oscuro – dirigiéndose directamente hacía Soth para impactar en su pecho. Una potente luz emanó de ese lugar abriéndose delante de ellos una especie de portal muy parecido al que ya habían visto al entrar en los espejos.

- A través del Señor Oscuro – se dejó escuchar nuevamente.

Su sequito de Caballeros esqueléticos se hicieron presente para ayudar a su amo, a lo que el grupo al ver esto y sin pensarlo ni un segundo más, tomaron sus cosas lo mejor que pudieron y se lanzaron hacía la figura brillante que era Soth, atravesándolo.


/ / /  FIN DEL CAPITULO 2 / / /






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Un ruido llamó su atención. Tomó el porta velas y se puso en pie hacía el salón. Abrió con cuidado la puerta, pues se quejaba más que algunas hermanas que conocía. El mal de la edad le decían. Hacía frio esa noche.

Cubrió la llama con la otra mano para evitar que las corrientes de aire puedieran apagarla, habían dejado nuevamente algunas ventanas abiertas y las cortinas ondulaban libres, casi de forma fantasmagorica. La tenue luz noctura le permitió ver un poco más allá de lo que podía alcanzar su laboriosa vela.

La Hermana Quellandra no dio crédito a lo que veían sus ojos, pero era sabido lo generosa que había sido Hala con ellos.

Habían vuelto...

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